Sobre el comercio, los viajes en el tiempo y los persas

Pantalones. Tengo todas las tallas. Pitillo, desteñido (le entrega una tarjetita de contacto), largo de tiro, a lo gannas tail, todo. Mire no más, sin compromiso. ¿Qué busca? Mire, éste le queda bien. ¿Para la dama o para el varón? Mire no más”.

Sucediéndose escaladamente, como si en su rumbo elevaran al visitante a una cúspide de adquisiciones panacéicas, los vendedores de un mercado persa como el de la Estación Central, en Santiago de Chile, son causa y consecuencia de una cultura comercial arraigadísima de acecho, entre intentos persuasivos básicos y acciones mercantiles poco pulcras, al cliente que parezca incauto.

Lejos de querer ofender, el entrecomillado inicial de este texto no es más que una fotografía de una escena repetida hasta el hartazgo por quien recorre los pasillos del Persa Estación, gracias a vociferaciones de vendedores que no sólo cantan un solo, sino también se debaten en duetos algo intimidantes para el comprador desacostumbrado.

A decir verdad, adentrarse en callecitas atiborradas de productos acordes a la época en que se esté, tiene mucho de folclórico y romántico. Sin embargo, todo lo que hasta ahora hemos relatado, es en realidad un viaje en el tiempo. Esto, no únicamente por encarnar un resabio en su nombre respecto a mercados que existieron hace varios siglos, sino porque pareciera representar, también, un eco del origen del marketing como lo conocemos hoy, presentándose mucho más rústico, brutal y sincero que su versión moderna, de permanente simulación y poesía.

Aquí, en el Persa Estación, nada se esconde. No hay bodegas ni stocks sobrantes, así que todo se encarama en pilas en el mismo punto de venta. Con eso, sin quererlo, se obliga al visitante a caminar más lento para evadir mercancías que obstaculizan su paso, con lo que se vuelve presa fácil para el abordaje.

Por otro lado, no existen conceptos como “Gerente de Marketing” ni muchos otros derivados de la misma figura, puesto que este viaje en el tiempo nos ha sumergido en una era pre-técnica, en la que apenas se ha comenzado a palpar tímidamente (en sentido figurado) el camino menos pedregoso para mejorar la venta. La publicidad, por ejemplo, se basa en la entrega de tarjetas con nombre, dirección en el mercado y algunos apuntes respecto a qué es lo que se vende en cada local.

No obstante todo lo anterior, el principal viaje en el tiempo consiste en algo –si hacemos justicia- expandido más allá de las fronteras de un mercado persa: el regateo. Y es que, cuando se trata de agilizar la transacción, la locuaz habilidad del vendedor del Persa Estación se hace presente, improvisando packs promocionales, convenciendo a quien sea de que “el pantalón no le queda grande, se usa así” y rebajando precios al filo de las utilidades.

Esta especial raza del comercio viene a llenar de vida la experiencia de compra. La funde entre contacto social, aromas a platillos rápidos, perritos callejeros, música voluminosa, el sentirse deseado (¡ojo ahí!), risas, piropos y mucho ánimo. Claro, ánimo para el que guste de la agitación y no desee ir de shopping a espacios para sujetos de proxémicas amplias y corazones estrechos. Es que, cuando se trata de decorados para interiores, el Persa Estación termina demostrando que siempre se puede innovar en onda y estilo, poniéndole de su propia alma a cada detalle a cada cortina, a cada una de sus persianas en sus vitrinas.

Parece, en ciertos casos, que más les gustara a estos vendedores el proceso de venta que su concreción misma. Parece, en ciertos casos, que disfrutan más haciendo su pintura que contemplándola después. Parece, en ciertos casos, que la venta no es más que una excusa para probarse a sí mismos que son más seductores y magnéticos que cualquier otro. Y vaya que sí lo son… ¡Mire no más!

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