Un museo en oferta para coleccionistas

03 Recibí impromptu un mensaje de parte de un conocido hace unos días. Preocupado le dije que sí, casi como acto reflejo. Nos juntamos; al final no era nada malo, ganas de salir de su casa un sábado, no más. Fuimos a comprar un botellón y nos fuimos a ponernos al día. Pasamos por muchos temas y eventualmente llegamos al tema de la música.

“Me estoy armando de a poquito la discografía de YMO en vinilo”, me cuenta. Bajo cualquier otra circunstancia comprar la discografía completa de una banda tan oscura en éste lado del mundo como Yellow Magic Orchestra, más aún en vinilo, debiese ser difícil y costoso. Eso, si haces lo que haría cualquier melómano sin criterio y la compras pidiéndola afuera, o en tiendas exclusivas en barrios exclusivos. “Hay una tienda que trae puros vinilos japoneses, en el galpón de la música. ¿La cachái?” El local se me escapa y no lo puedo ubicar -incluso no estoy seguro del galpón, porque “galpón de la música” hay más de uno- así que, para asegurarme, le pregunto de vuelta si es el galpón donde están los Atletas de la Risa. Efectivamente, estamos hablando del mismo lugar.

Cada uno tiene sus propios hobbies, y gastar parte de los ingresos de uno en este hobby es importante para mantener la cordura. Desde enano, mi hobby han sido los videojuegos y los juguetes, y haber acompañado a mi abuela religiosamente al persa durante toda mi adolescencia ciertamente me llevó a conocer lugares en donde los de mi calaña pueden conseguir esas preciadas piezas raras para su colección por una módica suma.

La mayor concentración de ofertas de videojuegos está en un pequeño galpón tras los patios del galpón Víctor Manuel, por San Isidro. Desde la última generación hasta consolas obsoletas, pasando por lanzamientos populares antes que en grandes tiendas y productos importados a precio de huevo. En el galpón aledaño hay un local especializado en microcomputadores y máquinas antiguas. Consejo personal: si bien el “viejo de los computadores”, a quien me refiero con respeto con ese mote dado que no me sé su nombre, es un recurso inagotable de máquinas interesantes, y debe ser el único local del persa en donde uno puede consistentemente encontrar dispositivos de las líneas Sinclair, Timex o Spectrum, los precios son ampliamente decididos por el hombre, según su voluntad. Léase, vende más caro las máquinas que más le gustan, y por su selección, me parece que el hombre debe ser parte de la guardia vieja de fanáticos de Apple. Desde ahí la oferta se va diluyendo, sin embargo, una de las cosas más importante que hay que tener en cuenta es que si bien la probabilidad de encontrar algo disminuye, la probabilidad de que este algo sea raro, valioso o esté a un precio increíble es la misma en todo el persa. Por ejemplo, yo colecciono cartuchos piratas de Nintendo, de esos que traen 9.999.999.999 juegos en 1, y ninguno de los dos locales en que los consigo es una tienda de videojuegos. Otro ejemplo, radical y extremo (para un coleccionista, claro): hace mucho tiempo me compré tres Ataris 2600 Jr. en tres lucas en un local frente al estacionamiento de Santa Rosa, que hoy por hoy, ya no existe. Ese local era mi proveedor de diskettes, y jamás había comprado consolas ahí ni volví a comprar de nuevo.

Volvamos a la música. En el galpón del que hablábamos, metido en las entrañas de los pasillos de cachureos, afortunadamente con salida a Víctor Manuel, casi antes de llegar a la esquina, los locales están ordenados por nicho: tiendas de vinilos, de singles, de importaciones, de géneros… En el mismo galpón también hay películas, y el criterio es similar. Acá quiero hacer un aparte para comentar en lo maravilloso que me parece que cada nicho, por pequeño que sea, tenga su puesto representando ese interés. Incluso en otras tiendas céntricas que se dicen “de nicho” la selección no es así de específica. Yo me acuerdo de andar buscando en tiendas de animación una película con menos de 3 años en Blu-Ray y no haberla encontrado hasta el fin de semana en, obviamente, una de estas tiendas.

Otro tema son los libros y las revistas. Mi amigo me contaba que se compró el último de O’Malley, el de Scott Pilgrim, a un precio absurdo en el local de un viejo muy secreto con su tienda. “Te deja pasar, pero pasan 5 minutos y te empieza a echar. Se forman filas afuera de su puesto” me cuenta, mientras nos reímos; no es el único locatario así que conozco. No todo son viejos cascarrabias, de todos modos. Uno de mis recuerdos más preciados es una vez en que acompañé y serví de guía turístico a un amigo a conseguir material para su tesis sobre Edmundo Searle, un caricaturista chileno activo entre los años ‘30 y ‘40. El viaje al persa acabó con su primo canadiense y quien les escribe sentados afuera de una tienda durante horas esperando a que el hombre terminase de hojear un tomo recopilatorio de revistas Zig-Zag de principios del siglo pasado. Obviamente, ésta estaba a la venta.

Y eso es lo fascinante del persa, y lo que lo vuelve un paraíso para un coleccionista. Es como un museo donde todas las muestras tienen un precio.

Bueno, no todas. Quizás se sale un poco del tema, pero no todo en el persa es comprar. Hasta hace un tiempo en el galpón Víctor Manuel existía un local dedicado a la asociación de coleccionistas de boletos “Boleccionistas”, un grupo de entusiastas y coleccionistas que además de tener un nombre demasiado tierno, tienen una colección gigante de boletos de micro, desde papelitos que probablemente arrugaste y botaste en los tiempos de las micros amarillas hasta piezas antiquísimas, todas muy bien cuidadas. Incluso si no te gustan los boletos de micro, pasar por este local era un deleite. Lamentablemente, en el persa Bío Bío también existe la avaricia y, lamentablemente, una nueva administración del galpón los sacó del local que hasta entonces ocupaban de forma gratuita por el enorme patrimonio cultural que guardaban y exhibían. La buena noticia es que la vida comunitaria es más grande que el afán de lucro, y se cambiaron a Placer 640, frente al galpón que los cobijó durante tanto tiempo, en la sede de la junta de vecinos del barrio “Placer indómito” (¿qué onda los nombres geniales que se ponen estas personas?) donde ahora están amparados por una institución que entiende lo valioso que es brindar espacios sin plan de negocios a la cultura popular que nos ayuda a identificarnos.

Seguimos conversando durante mucho rato. Los vendedores de juguetes, las extrañas tiendas de cachureos…

Eventualmente nos dieron las 8 de la mañana y fui a dejar a mi amigo a su departamento nuevo en San Miguel. A la vuelta llegué a dormir y, milagrosamente, desperté sin caña.

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