La ciencia ha sido reconocida mundialmente como un pilar fundamental en el impulso del desarrollo y la innovación; sin embargo, en el contexto político actual de Chile, su protagonismo ha sido relegado a un segundo plano. Un análisis de los programas de los candidatos presidenciales Kast y Jara revela una alarmante inconsistencia respecto a la inclusión de la ciencia en sus propuestas. En particular, la ausencia del término «ciencia» en el programa de Kast, junto con las escasas menciones en el programa de Jara, donde aparece solo en siete ocasiones, plantea serias dudas sobre la visión que estos candidatos tienen acerca del papel que desempeña la investigación científica en el futuro del país.
El programa de Jara, a pesar de su enfoque pro-ciencia, establece metas ambiciosas como duplicar la inversión en investigación y desarrollo (I+D) al 1% del PIB e implementar nuevos mecanismos institucionales a través de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Sin embargo, persiste una falta de claridad en cuanto a la viabilidad de estas propuestas. Por su parte, el programa de Kast se centra en la tecnología y la innovación principalmente como herramientas para mejorar la eficiencia estatal y la seguridad, lo que demuestra una falta de atención a la ciencia como disciplina esencial, limitando su impacto potencial en el desarrollo de soluciones sostenibles a largo plazo.
Es preocupante que, incluso en el programa de Jara, donde la ciencia recibe cierto reconocimiento, este se considere como un complemento a otros aspectos más urgentes como el empleo o la violencia. La evidencia sugiere que cuando se aborda la ciencia únicamente como un lujo o un anexo técnico, se ignoran sus capacidades transformadoras. La ciencia no debe ser vista solo como un recurso adicional en la agenda política, sino como un componente central que puede ofrecer respuestas efectivas y duraderas a los problemas que enfrenta la sociedad chilena.
Contrario a la percepción superficial que se tiene del proceso científico, hacer ciencia implica un trabajo riguroso y prolongado que abarca desde la identificación de problemas hasta la búsqueda de soluciones basadas en evidencias. La formación de un científico requiere al menos once años de estudios, y una vez en campo, la competencia por financiamiento se convierte en un obstáculo significativo. Las tasas de adjudicación en concursos son dramáticamente bajas, lo que significa que muchas ideas prometedoras quedan sin desarrollar no por falta de calidad, sino por la falta de prioridad que la ciencia recibe dentro de las políticas públicas.
Por lo tanto, es vital que los ciudadanos exijan a sus candidatos un compromiso firme con la ciencia, más allá de las promesas vacías. La lucha por una mejor atención sanitaria, la seguridad y oportunidades laborales no puede ignorar la revolución científica que podría respaldar y agilizar estos procesos. La ciencia es clave no solo para aspirar a un Chile que pretenda ser desarrollado, sino para concretar dicho desarrollo de manera efectiva. Hacer espacio para la ciencia en el debate público es fundamental para avanzar hacia una sociedad más justa y próspera.

