La reciente normativa chilena que prohíbe el uso de celulares en el aula a partir del 1 de marzo no es solo un cambio administrativo, sino que busca recuperar la atención de los estudiantes durante el proceso educativo. Según Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación en la Universidad Nacional Andrés Bello (UNAB), esta medida está orientada a corregir una tendencia que se ha normalizado en años recientes: la constante distracción que los dispositivos móviles han generado en las dinámicas de aprendizaje. La posibilidad de que los estudiantes se distraigan con notificaciones o pantallas encendidas durante las clases ha evidenciado la necesidad urgente de reforzar la concentración y el diálogo en el aula, elementos fundamentales para un aprendizaje significativo.
Los datos del informe PISA 2022 respaldan esta iniciativa al indicar que los alumnos que lidian con mayores distracciones digitales tienden a acumular resultados académicos más bajos. Esto plantea la reflexión sobre el rol de la tecnología en la educación: ¿es un aliado o un obstáculo? Catalán subraya que no se trata de una cruzada contra lo digital, sino de reconocer que el aprendizaje exige algo más que una conexión constante a la tecnología. Se necesita enfoque, profundización y la capacidad de entablar diálogos significativos con los docentes y compañeros.
Sin embargo, la implementación de esta ley no es suficiente por sí sola. Como lo señala la UNESCO, los beneficios de la tecnología en el ámbito educativo solo se manifiestan cuando hay un propósito claro y mediación docente efectiva. En este contexto, el profesor debe asumir un papel activo como facilitador del aprendizaje, aprovechando un entorno con menos interrupciones que puede favorecer el pensamiento crítico y la expresión emocional de los estudiantes. Aun así, la norma no debe reemplazar el liderazgo pedagógico que se espera de los educadores en el aula.
Una de las interrogantes más relevantes que surgen es la que refiere al entorno familiar. La autorregulación en el uso de dispositivos no comienza en la escuela, sino en el hogar. Si las familias no establecen límites y las conversaciones son reemplazadas por pantallas, los esfuerzos en el aula pueden resultar vanos. Como menciona César Coll, el aprendizaje es una construcción compartida entre la escuela, la familia y el contexto social. Es imperativo que los valores y acuerdos sobre el uso de la tecnología en casa se alineen con lo que se promueve en la educación formal.
Por lo tanto, educar en el uso de la tecnología significa acompañar a los niños en el desarrollo de un criterio propio, más que simplemente imponer restricciones. Así, se hace un llamado a las familias para que asuman su rol en la formación digital de los jóvenes, enseñando no solo a disfrutar de la tecnología, sino a manejarla de forma consciente y equilibrada. Al final, la normativa que entra en vigencia el 1 de marzo podría verse como una invitación tanto para los docentes a profundizar su enseñanza, como para los padres a cultivar una educación más coherente y consciente en un mundo cada vez más hiperconectado.
