En el debate actual sobre el acoso sexual laboral, la concepción comúnmente aceptada identifica el fenómeno como un acto aislado, atribuido a individuos con problemas psicológicos o de comportamiento. Sin embargo, Claudia Riquelme Arroyo, perito forense y docente de psicología en la Universidad Andrés Bello, argumenta que esta percepción es errónea y simplista. Según la experticia en victimología y criminología, así como estudios de género, el acoso sexual laboral no es una anomalía, sino una práctica arraigada en estructuras de poder que perpetúan la vulnerabilidad de las personas en entornos laborales.
Desde la perspectiva de la victimología contemporánea, el objetivo no debería ser cuestionar por qué algunas personas se convierten en víctimas, sino investigar qué circunstancias permiten que se produzca la victimización. En este sentido, se pone de relieve cómo factores sociales, culturales y organizacionales juegan un papel crucial en la creación de entornos propensos al acoso. No se trata de la debilidad de los individuos, sino de un sistema que los coloca en situaciones de vulnerabilidad estructural, limitando su capacidad de respuesta y denuncia.
La precariedad laboral y las asimetrías de poder significan que muchas víctimas se ven obligadas a tolerar condiciones abusivas, enfrentándose a un alto costo emocional. A menudo, cuando se discute el acoso, las dinámicas de poder dentro de las organizaciones son pasadas por alto. Quienes perpetran el acoso sexual laboral suelen ser individuos que funcionan dentro de estas organizaciones que, de manera explícita o implícita, normalizan este tipo de comportamientos, utilizando el acoso como una estrategia de control en lugar de un impulso sexual desbordado.
Las jerarquías rígidas y los liderazgos autoritarios en el ámbito laboral no solo facilitan el acoso, sino que también fomentan un clima de impunidad. Las políticas ineficaces de sanción hacen que el silencio sea una reacción común entre las posibles víctimas, donde el riesgo de represalias es considerado mayor que el desafío de denunciar el acoso. Este fenómeno se reproduce constantemente en un ambiente que castiga a quienes se atreven a hablar, intensificando aún más la inseguridad laboral y la desconfianza entre colegas.
Desde una perspectiva más amplia, el análisis de Michel Foucault brinda herramientas para entender cómo el poder circula y se ejerce en el día a día, a menudo de manera sutil. El acoso sexual laboral, que puede manifestarse a través de bromas o insinuaciones, actúa como un mecanismo de disciplina que reafirma las jerarquías de género y el orden establecido. Este contexto revela que el combate efectivo al acoso no se limita a la sanción de conductas individuales, sino que requiere una revisión profunda de las estructuras de poder que perpetúan este ciclo de abuso.

