La creciente preocupación por el uso compulsivo del celular se ha convertido en un tema recurrente en diversas esferas de la vida cotidiana, desde charlas informales en la sobremesa hasta debates académicos en las universidades. Sin embargo, a pesar de que la expresión «adicción al celular» se utiliza a menudo, la comunidad científica aún debate su terminología precisa. Según Jacquelin Hormazábal, académica de Psicología en la UNAB, en realidad se debería hablar de «uso problemático del celular». Esta distinción es crucial, ya que ofrece un marco más riguroso para comprender la relación que las personas tienen con sus dispositivos móviles, sin desestimar el fenómeno que conlleva importantes implicaciones psicológicas.
Los estudios han revelado que el uso excesivo del celular presenta patrones que se asemejan a los de otras conductas adictivas, como la incapacidad de controlar el tiempo dedicado al dispositivo y el uso continuo a pesar de sus consecuencias adversas. Este comportamiento se ve reforzado por la respuesta dopaminérgica que generan las notificaciones, los ‘me gusta’ y los nuevos mensajes, convirtiendo al teléfono inteligente en un potente generador de gratificaciones instantáneas. Hormazábal destaca que esta frágil relación es particularmente intensa entre los jóvenes, ya que su desarrollo cerebral está en una etapa en la que el control ejecutivo aún se encuentra en formación, facilitando así actitudes más impulsivas hacia el uso del celular.
Desde una perspectiva clínica, se está observando una creciente cantidad de síntomas relacionados con el uso problemático, tales como la irritabilidad y la ansiedad al intentar desconectarse del dispositivo. Este fenómeno no se limita a los adolescentes, sino que también se ha extendido a adultos que encuentran dificultad para pasar tiempo sin el celular. Mientras que en otros contextos se podrían identificar comportamientos de abstinencia, aquí parece que el teléfono ha invadido todos los aspectos de la vida, incluyendo momentos destinados al descanso y al sueño, lo que a su vez ha desencadenado un ciclo de insomnio y depresión.
Investigaciones recientes sugieren que establecer «dietas digitales» puede ser un paso efectivo hacia una relación más saludable con la tecnología. Estas intervenciones cortas, con limitaciones en el uso del celular, han mostrado cambios positivos en la actividad de regiones cerebrales relacionadas con la motivación y el control de impulsos. Sin embargo, Hormazábal advierte que los efectos de la exposición constante a las pantallas van más allá de la atención; también afectan negativamente la calidad del sueño y se relacionan con un aumento en los síntomas de ansiedad y depresión, especialmente cuando el teléfono se utiliza antes de dormir.
La académica propone un enfoque multidimensional para abordar la dependencia del celular que involucra cambios en hábitos, la regulación emocional y la reflexión sobre el significado que el dispositivo tiene en nuestras vidas. El objetivo no es demonizar la tecnología, sino fomentar una relación más consciente y equilibrada con ella. A medida que la sociedad avanza hacia un estilo de vida más hiperconectado, es fundamental encontrar espacio para el aburrimiento y la reflexión, así como explorar las relaciones interpersonales y con uno mismo sin intermediarios digitales. Al final, se trata de recuperar el control sobre nuestras elecciones, promoviendo así una mejor salud mental y un bienestar general.

