La creciente violencia en las comunidades ha generado serias preocupaciones sobre el bienestar emocional de los niños y adolescentes. Según Alfonso Plasencio Sanhueza, psiquiatra infantil y académico de Psicología de la Universidad Andrés Bello, la exposición a actos violentos, como asaltos armados o balaceras, se ha vuelto alarmantemente común. Esta realidad está dejando una huella profunda en la salud mental de los más jóvenes, aumentando sus riesgos de sufrir estrés postraumático, ansiedad y depresión, así como trastornos del sueño y dificultades para regular emociones. La investigación demuestra que el nivel de estrés percibido durante y después de estos eventos es un factor determinante en la persistencia de los síntomas.
Desde una perspectiva neurobiológica, la violencia activa los sistemas de respuesta al estrés en los niños, en particular el eje que involucra a la amígdala, el hipotálamo y la hipófisis. Durante el desarrollo del cerebro infantil y adolescente, esta hiperactivación prolongada puede interferir en capacidades esenciales como la modulación del miedo, la atención y la memoria. Como resultado, muchos niños se encuentran atrapados en un ciclo de hipervigilancia, reexperimentación y comportamientos de evitación que pueden manifestarse incluso semanas después de haber sido testigos de actos violentos. Los sueños perturbadores, el aislamiento social y la conducta regresiva son algunas de las secuelas más comunes que enfrentan.
En un análisis más amplio, la violencia comunitaria no solo se considera un evento aislado, sino un factor de riesgo que puede afectar el desarrollo psicológico de los niños. Los estudios sugieren que aquellos que crecen en entornos inseguros tienen más probabilidades de desarrollar trastornos ansiosos, síntomas de depresión y comportamientos problemáticos en la escuela. A largo plazo, esto propicia trayectorias marcadas por una mayor vulnerabilidad psicosocial. Para enfrentar esta crisis, es crucial que se implementen políticas públicas dirigidas a mitigar la exposición de los niños a situaciones de violencia y a brindarles apoyo psicológico adecuado.
El papel de las familias es clave en este contexto. La manera en que los adultos responden a los episodios de violencia puede definir cómo los niños asimilan y procesan estas experiencias. Minimizar lo sucedido o adoptar un enfoque alarmista puede agravar los síntomas de estrés postraumático. Por el contrario, contar con adultos dispuestos a escuchar y explicar lo acontecido con un lenguaje accesible y apropiado para su edad puede proporcionar un entorno de validación emocional, protegiendo así a los niños de la cronificación de sus síntomas.
A medida que se busca prevenir el impacto negativo de la violencia en los niños, es fundamental fomentar un enfoque de seguridad. Esto incluye enseñar a los menores a reconocer situaciones de riesgo y a buscar ayuda, además de promover una comunicación abierta sobre sus experiencias sin vergüenza. Sin embargo, también es vital evitar la sobreprotección, ya que puede llevar a los niños a percibir el mundo como un lugar constantemente amenazante, lo que incrementa su ansiedad. En definitiva, la prevención de la psicopatología en niños expuestos a la violencia dependerá en gran medida de la habilidad de los adultos para gestionar su propio miedo y brindar el apoyo emocional que los niños necesitan.

